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Biografía de Ricardo Mayorga Pérez

 

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. Ricardo Mayorga surgió de la nada para erigirse campeón del mundo. Su personalidad provoca admiración y desprecio. En el cuadrilátero es un matador insaciable y en las calles es el Rey de los encabes. ¿De dónde salió Ricardo Mayorga?

Eduardo Marenco Tercero
eduardo.marenco@laprensa.com.ni

I ENTREGA
Ricardo Mayorga aparece conduciendo su auto rojo, un deportivo Honda al que adhirió una “cola de pato” de metal, cuyo motor hace rugir como un león hambriento en una trocha de polvo en el asentamiento Carlos Fonseca Amador, ubicado frente a los Bomberos del mercado Roberto Huembes, en Managua, donde son las tres y media de la tarde. Varios adolescentes que lanzan golpes contra peras locas o contra sacos donados por él, en un gimnasio improvisado en un porche, lo esperan ansiosos.

La vida le ha sonreído a Mayorga, ahora campeón del mundo, pues tan sólo hace pocos años pedía prestado para el pasaje del bus. Y ahora, en la borrachera de su triunfo, conduce un auto deportivo de miles de dólares, a alta velocidad, y en ocasiones, en carreras ilegales según lo acusó la Policía, algo que no admite.

Ricardo baja del carro, de calzoneta y camiseta, fresco y relajado, sin patanerías, saluda, me da una palmadita en el brazo, y luego entra al pequeño gimnasio que ha financiado en la casa de su tío Omar, hermano de su madre, a donde se dispone a hacer una sesión “de guanteo”.

Saluda por aquí y por allá, entra a un cuarto de la casa para cambiarse, luego sale de camisola y calzoneta negra con la leyenda “El Matador”, le ponen los guantes y comienza a lanzar jabs, combinaciones y ganchos contra el saco.

Los golpes son rapidísimos y de una fuerza contundente. Se le ve musculoso y ágil. Comienza a sudar. Se hará el loco pero de que entrena al máximo, entrena. Le colocan el protector de cabeza y luego continúa lanzando golpes, simula esquivarlos a la izquierda, a la derecha, se agacha. Bailotea. Dos cicatrices, como de verduguillo, se le ven en el brazo derecho, señales de riñas callejeras. “El Matador”, en letra cursiva, lo tiene tatuado en el cuello. Y también un guantecito de boxeo en el pecho.

Un adolescente salta esperando el guanteo con el campeón. Será minuto y medio. Apartan a los curiosos y se colocan frente a frente. “¡Yo duro y vos suave!”, bromea Mayorga. Inicia el guanteo. Los golpes se suceden como centellas. Mayorga deja que su contrincante dispare, lo hace fallar, esquiva sus golpes, se los ataja, y luego arremete con velocidad de demonio, pero evitando golpearlo, aunque alguien que hace de juez lo sosiega, que con calma, que cuidado se le va la mano y lo mata. Otra vez se dan los intercambios velocísimos.

Una vez finalizado el minuto y medio, suena el silbato, se acaba el guanteo y el público aplaude. Mayorga, ojillos achinados, moreno y pelo con rastros de tinte rojo y casi al rape, está bañado en sudor. Alza los brazos y se aplaude.

Se mete raudo una vez más al cuarto para cambiarse, vuelve, sube a su auto deportivo, se disculpa con cronistas que intentaban abordarlo y desaparece en la polvareda, aprisa, como siempre, haciendo rugir el motor de su Honda.

LA NIÑEZ EN UN TINGLADO

Los Mayorga no se van de la vieja casa de Los Laureles Sur, donde viven luego de un largo periplo que inició en Granada, cuando perdieron la hipotecada vivienda del reparto “Adelita No. 1”. Un cerco de palma seca sirve de tapia y un portón de láminas de zinc, que relumbran de nuevas, es la puerta para ingresar al patio donde chillan las monas “Ericka” y “Pancho”. Un perro callejero ladra desesperado. Varios obreros están soldando la jaula nueva de los monos. Más allá se encuentra la infaltable mesa de billar de los Mayorga. A todos, incluyendo a las cinco mujeres de la familia (cuatro hijas y la madre), les apasiona el “Pool Ocho”. Para ellas y Ricardo un toque de carambola es el mejor de los vicios.

Cuando se fueron a vivir a Los Laureles Sur aquello era una tierra de nadie, un enorme predio baldío sin servicio de agua, luz o teléfono. No había calles ni las hay todavía y al día de hoy la mayoría se conecta ilegalmente al servicio de electricidad. El único que salió definitivamente de allí fue Ricardo, ahora que es campeón mundial de boxeo, y vive en una hermosa casa en Los Altos de Santo Domingo, un reparto exclusivo.

Ricardo Antonio Mayorga Pérez, nació un 10 de marzo de 1973, se crió en la ya perdida casa del reparto “Adelita”, de Las Tres Cruces 20 varas al sur, en Granada, a donde su familia se había trasladado a vivir después del terremoto que destruyó Managua el 23 de diciembre de 1972. Aunque es granadino, en aquella ciudad lo admiran como boxeador pero lo detestan como ciudadano. “Para nosotros es como moronga con chicha en el desayuno”, dice un granadino, “una bomba para el estómago”.

Mayorga nacería bajo la égida del signo Piscis, aunque más bien parece un Tauro, uno de esos rumiantes desbocados capaz de derribar a un pelotón de una cornada. Vino al mundo mientras se cantaba el réquiem a Managua, se lloraba la pérdida de la ciudad y de miles de vidas. “El nicaragüense no ha respirado sosiego nunca”, decía Pablo Antonio Cuadra aquel 10 de marzo en que nació Mayorga, desde la segunda página de LA PRENSA. “Ha sido un constante exiliado, un pueblo exódico”, recordaba. Un pueblo de nómadas, como los Mayorga, pues de ese éxodo no se libraron y abandonaron la casa de las cercanías de la gallera de Larreynaga para buscar mejor vida en los suburbios de la colonial Granada, mientras la desesperanza y la rapiña embargaba a los nicaragüenses.

“De allí somos”, dice su hermana Eyra Mayorga (22), mientras los monos continúan chillando. En Granada vivieron durante 16 años. La familia, de cuatro hijas y dos varones, vivía de los bocadillos, queques y pasteles de piña que elaboraba la mamá, Miriam Pérez (49) y de las “carreras” de taxi que hacía el papá Eddy Mayorga (60), o de su oficio de camionero. Su mamá, que ahora se ha teñido el pelo de un rojo casi naranja, lo acompaña en cada pelea, es su amuleto personal y es conocida como “la jefa” de su carrera boxística.

Se crió Mayorga en un ambiente rudo, donde desde niño lo que sobraban eran las peleas. De don Eddy Mayorga se cuenta que ha tenido tal fuerza que fue capaz de domar sólo a un toro en un corral y de derribar una vaca de un puñetazo en la frente. A sus hijos Jaime y Ricardo solía decirles: “Hasta que me domen en la tercia serán unos hombres”, pues se jactaba de ganarles a los dos juntos, uno en cada mano.

Ricardo Mayorga ya lo ha dicho: “El único que me ha hecho sentir sus golpes, cuando me castigaba, es mi papá, no Lewis, ni Forrest, ni siquiera lo hubiera podido hacer Tyson”. Don Eddy es un hombre obeso, con una inmensa panza, con brazos robustos como los de Popeye y una papada elocuente. Cuando Ricardo nació, manejaba un camión a Carlos Arturo Baltodano, un tereseño. “Ese camión era mi casa, era todo”, recuerda. Viajaba por toda Nicaragua transportando mercadería. Asegura que su hijo ha sido peleonero desde siempre: “Siempre peleaba cuando el más grande le pegaba al chiquito y eso no le gustaba, siempre había pleitos y pleitos, las madres llegaban a poner queja”.

Eyra, la hermana de Ricardo, coincide con su padre: “El era muy pleitisto, en la escuela se agarraba con todos los chavalos de nada y nada, entonces el profesor de educación física, Marcelo González, le dijo que mejor se metiera al boxeo”.

El primer recuerdo que Eyra tiene de su hermano revela su ingenio pero también su desdén por el estudio: con la masa de harina que le sobraba a la mamá a la hora de hacer las reposterías, Ricardo hacía pastelitos, los dejaba en el horno para llevarlos tostaditos por las mañanas a clases y los ofrecía a sus compañeros a cambio de que le hicieran las tareas.

Siendo un niño, Mayorga salía a vender reposterías a la calle, con su pana sobre la cabeza y el mantel para proteger las reposterías de las moscas y hacía entregas a pulperías en bicicleta. Mayorga estudió en el Colegio Diocesano de Granada, donde su padre era chofer lo que le valió para no ser expulsado debido a su indisciplina. Después estudiaría su secundaria en el Instituto Nacional de Oriente, de Granada, donde llegó hasta cuarto año. “Él dijo que no tenía cabeza para eso (el estudio) y que le gustaba más el boxeo”, sostiene su hermana Eyra.

DEL AULA AL RING

En Granada, si usted quiere saber la historia del boxeo recurra a Los Chalupas, boxeadores devenidos en relojeros de la calle central del mercado, que de tan conocidos en la ciudad, añadieron a su nombre en el registro civil de las personas el apellido “Chalupa”. A ellos se acudió para localizar a Henry Ruiz, no al comandante sandinista, sino al primer entrenador de Ricardo Mayorga. Suele permanecer en la pista de patinaje “Tottis”, donde además de patinar, se organizan veladas boxísticas. Es un hombre que aún se ve musculoso y aparenta menos de su edad, 44 años.

Ricardo y su hermano Jaime, dice, llegaron al gimnasio siendo adolescentes, llevados de las orejas por el profesor de educación física del colegio, Marcelo González, que ya no los aguantaba por peleoneros. “Es que son muy pleitistos en la escuela, me dijo, así que aquí te los traigo, tal vez les gusta esta babosada y les enseñás a boxear”.

Los hermanos Mayorga se quedaron en los entrenamientos aprendiendo los primeros golpes. “El boxeo de Ricardo en aquel entonces era más fino, pues se movilizaba bastante, tenía bonito boxeo, tenía cintura”, rememora Ruiz.

Entrenaban en “La Iguana Verde” en el centro de Granada, donde hoy es la Casa de la Niñez. Ricardo Mayorga perdió su primera pelea y lloró por la derrota. “Dijo que no volvería a perder y cumplió”, comenta su ex entrenador.

A finales de los ochenta, ambos fueron reclutados por el Ejército que los integró a su equipo de boxeadores, con la ventaja que recibían provisiones de alimentos a cambio de entrenar con disciplina, lo que era fantástico si se recuerda la escasez de la época, cuando un jabón de olor era un lujo. Jaime, asevera Ruiz, peleaba de la misma manera que pelea hoy Ricardo: “Él iba a dar golpes, si daba bueno, y si le daban también”. Don Eddy Mayorga no olvida una frase de su hijo, cuando fue condecorado por el general Javier Carrión: “Todo lo que soy se lo debo al Ejército”.

EN EL NOMBRE DEL HERMANO

Jaime Mayorga fue como un padre para el campeón del mundo. Ex boxeador, tiene aún la cara y los nudillos inflamados como si acabara de bajar del cuadrilátero.

“Nuestra historia en el boxeo inició así: Los chavalos a veces agarraban nuestros pupitres y por allí iniciaban los pleitos, entonces yo era bien pleitisto, peleaba por el asiento de Ricardo y por el mío”, asevera Jaime.

Tiene ahora un jeep nuevo, con estéreo y vídeo DVD incorporado que costó cinco mil dólares, y unos parlantes como para alborotar una rotonda. “Subite para que escuchés la potencia”, me dice mientras coloca el vídeo de un concierto de Jennifer López.

Hay una mesa de billar en la sala de su casa, todo obsequiado por su hermano. La vivienda queda también en Los Laureles Sur, junto a una fábrica de perlines que hace un ruido infernal. Esta es la casa por la que Ricardo fue demandado al ser acusado de no pagar US$12,000 dólares de renta. A pesar de que ganó una jugosa bolsa contra Vernon Forrest en su última pelea, aseguró no tener plata para pagar. Pero sus abogados ya llegaron a un arreglo con la contraparte. A diferencia de la de sus padres, la casa tiene un enorme patio cerrado con muro de concreto, verja de hierro y es una casa relativamente cómoda.

“Ricardo jugaba beisbol, entonces yo me lo llevaba para que cargara mi bolso de boxeador. El jugaba primera base, pero yo le decía a él que dejara el beis, que boxeáramos”. Perdió su primera pelea lo cual impactó a Ricardo, su hermano, quien le dijo que no le gustaba el boxeo, “porque sacaba sangre”. Ahora le encanta sacársela a los demás.

Al final se motivó viéndolo entrenar y comenzó a pelear en las 85 libras, a los doce años, mientras su hermano ya lo hacía en las 147 libras, el peso welter en el que ahora Ricardo es campeón del mundo.

Con el tiempo, Ricardo subió de peso y peleó en las 115 libras, pero circunstancias de la vida obligaron a los dos hermanos a retirarse del boxeo hace unos seis años. Su padre no taxeaba más, la madre había fracasado con la respostería y Jaime, el hermano mayor no tenía empleo. “Si cinco pesos había, era para todos”, recuerda Jaime. En algún momento vivieron del timbo al tambo: en el reparto Schick, en Batahola Sur, “en una casita donde los cuartos los hacíamos con sábanas”. Hasta llegar a Los Laureles Sur.

Jaime y Ricardo se dedicaron a hacer cercos, cavar sumideros y letrinas para ganarse el pan de cada día, hasta que Ricardo se fue a probar suerte a Costa Rica donde cuidó carros en el parqueo del night club “Hollywood” por las noches, mientras entrenaba durante el día. Tuvo peleas mediocres debido al cansancio físico. Hace diez años, en agosto de 1993, perdió su primer combate profesional por nocaut técnico.

Hace seis años, sin embargo, ocurrió la tragedia que ha marcado a la familia Mayorga, la cual coincide con momentos de penurias económicas.

Jaime fue noqueado por Guillermo Yon, un boxeador panameño que nunca se coronó campeón. La necesidad de pelear lo había llevado a bajar de peso en pocas semanas, pasando de las 162 a las 147 libras, pues sólo en esa categoría tenía contendor. Se deshidrató y se debilitó. Semejante exigencia es un suicidio para un boxeador. El resultado fue catastrófico: Yon lo sacó del ring, lo hizo caer sobre las mesas de los jueces y lo dejó en estado de coma. Hasta allí llegó su carrera. Al día de hoy padece de hipotermia.

“La pelea más dura que ellos tienen es el peso”, reconoce su hermana Eyra. “Después que pasa el pesaje se acabó todo para mí, esa es la angustia, el pesaje, porque aguantan hambre, sed, todo, es un orgullo subir con una libra menos, pero bajarla es difícil”, afirma el padre de Mayorga.

Jaime ilustra el tormento: “¿Vos sabés lo que es pasar en un sauna, muerto de hambre, bebiendo pastillas para orinar, que me sacaron todo el plasma de la sangre?”.

La tragedia de Jaime ayuda a entender la fanfarronería con que Ricardo sube a la báscula comiendo un trozo de pizza o una pieza de pollo, riéndose de su contrincante. Al dar el peso y no haberse debilitado en extremo, garantiza su fortaleza física y su vida. En una de las últimas peleas, Mayorga se fue a entrenar a la Florida, donde hacía un frío inusual y mostró preocupación acerca de su peso al no tener un gimnasio caliente que lo hiciera sudar a chorros como en Managua.

Jaime se retiró del boxeo y ahora su hermano menor hace las veces de padre, devolviéndole el favor de haber sido su protector durante la adolescencia y niñez. “Él viene asumiendo las veces de un padre para mí, porque lo que necesito con gusto me lo da, porque él es agradecido y sabe lo importante que yo fui para él y cuánto lo es para mí. Yo le digo a él que luche por nuestro patrimonio, que se concentre más, que deje las carreras de carros, ¿Tú dices que me amas? Deja de correr, ¿sabes por qué? Yo sé que te gusta, que te quita el estrés, ¿pero quién me garantiza que no podés quedar inválido? ¿Renco? Y hasta allí llegó nuestro futuro”, le dice Jaime a su hermano menor.

Cuando le regaló el jeep, Ricardo le envió una nota a Jaime en la que le decía: “De tu negro… Hermano, perdoname por hacerte sufrir en cada una de mis peleas”.

La angustia no abandona a Jaime porque él conoce el nocaut en carne propia. “Yo temo por él, porque ya he sido noqueado, he estado en coma, él no conoce eso, no es que menosprecie a sus rivales, Dios lo ha protegido mucho para que no le entre una mano porque vos sabés que invencible no hay nadie. Si Dios no le ha dado eso, es porque no se lo merece todavía. Yo le digo a él que no menosprecie a nadie”.

“RICKY Y JAIME”

Ricardo Mayorga dio a grabar un disco con veinte canciones que celebran sus victorias. Hay una autobiográfica, “Ricky y Jaime”, que tiene la melodía de la famosa cumbia “El Santo Cachón”. Narra la saga de los hermanos Mayorga: “Me dijeron/ que a Jaimito/ le gustaban las peleas desde que era un cipotón/me contaron/, que lo hallaron diciéndole a Ricardito que si quería ser un campeón/ Ricky y Jaime/ son felices, se metieron en el boxeo con alma vida y corazón”.

En el disco hay porros, cumbias, son nica y corridos. Una de las canciones ilustra su actitud desafiante ante el público: “Allá en mi patria son guatuseros, eso no me importa porque yo soy guerrero”.

Fue su hermano Jaime quien lo inició en el boxeo, pues a Ricardo le gustaba el beisbol. Pasó de cargar sus guantes y su mochila con su indumentaria para el entrenamiento, a seguir sus pasos.

Jaime fue noqueado en una ocasión, fue expulsado del ring por su contrincante y cayó en estado de coma. La razón: bajó mucho de peso en poco tiempo, por lo cual sólo llegó a “poner la cara” como dicen. Por esta razón, la familia Mayorga sabe que la principal pelea es dar el peso. Una vez librada esa batalla, están seguros que Mayorga ganará y éste da muestras de su confianza, comiéndose una pizza o una pieza de pollo, de pie sobre la báscula, frente a su contrincante.

ÁNGEL Y DEMONIO

Buena parte de los nicaragüenses lo detestan pero nadie se pierde una pelea suya. Ha sido tal su fenómeno, que hasta el presidente Enrique Bolaños recibió casi con honores de jefe de Estado a Don King, su promotor, cuando visitó Nicaragua.

“Allá en mi patria son guatuseros, eso no me importa porque yo soy guerrero”

“Yo le digo a la gente que así como tengo la boca grande, cumplo lo que prometo… Es cuestión de agallas y de tratar de ser un ganador”.

“Quiero pelear, acabar con los mejores, hacer historia”.

ASÍ LO VEN

Don King, promotor de boxeo 

“Es grandioso, es grandioso. Puede vencer a cualquiera, ¡No tiene límites!”

Edgard Tijerino, cronista deportivo 

“Es tan imprevisible como Whitaker, tan violento y temerario como Durán y tan destructivo como Frazier”. 

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